Ella, tan pulcra cómo de costumbre, baja al callejón de enfrente. La gente casi siempre se le queda mirando, por sus curvas y por su forma de andar. Hay que destacar que siempre lleva ropas un poco provocativas, y tacones para relucir su figura modelada y llena de deliciosas curvas. Ésta vez alarga su paseo. Sabe de sobra que al gente le mira, así que da más rodeos. Con los labios de un rojo sangre, unos ojos azules, impactantes a la primera, aun que también su maquillaje influye bastante en su mirada de leona. Y ese pelo. Esa melena castaña, por más de media espalda, ese volumen. No es la típica vecinita de al lado, no no. Durante el paseo, pasa por una frutería, lo típico. Pero era distinto esta vez. Si pensáis que había un frutero cañón no es así. Un chico se fija en ella. Alto, con melena por los hombros, de un color más negro que la propia noche y con un ligero toque de ondulación. Con la barba de dos días, y esos ojos negros. Envolventes y voraces. Era el primer chico en mucho tiempo en el cual ella captaba su mirada y poderío. En plena caza, le llaman por teléfono, y se hace la interesante, por que sabe que él también la está mirando, y muy fijamente, además. Apaga el teléfono, y él le susurra al oído:
- Sé que quieres, así que te dejo mi número de teléfono en tu bolso, en una notita. O si quieres quedar, siempre me pasaré por esta frutería por estas horas.
Ella es de hacerlo todo en persona, así que al día siguiente fue a la frutería, y allí estaba él. Se acerca y le susurra:
- Esta noche, en esta dirección. Te estaré esperando con impaciencia. Así que no llegues muy tarde.
Él, con todo el sosiego del mundo, se guarda la dirección en el bolsillo, y le da un fuerte beso, de los de película, pues incluso mejor. Un beso pasional, con un ardiente deseo en sus adentros.
Se acerca la noche, y llaman al timbre. Es él. Con ropa de calle, camiseta y vaqueros, nada más. Pero, el pelo levemente recogido con una coleta, y sus ojos más negros que nunca. Ella, tan sutil, con un vestido negro que le realza su esbelta figura, unos tacones de infarto y su gran melena suelta. Con todo lujo de detalle, las velas rojas, la música envolvente. Claramente, esa noche promete, y mucho. Mientras cenaban, sus miradas volaban, y decían mucho sobre ellos. Unos extraños, con ganas, sin conocerse de nada. Tan sólo la pasión, el placer, y sobretodo, la curiosidad.
Sólo pensaban en una cosa. Sexo. Preliminares, el primer paso para caldear mucho más el ambiente. Empiezan por la ducha, desnudándose el uno al otro, mientras caía el agua helada, para pasar a caliente en pocos instantes. Sus cuerpos desnudos entran en aquel lugar. Mientras el agua caía por sus extremidades, los dos hacían lo demás. Besos, caricias, abrazos y pasiones. Sobretodo pasiones. Un momento placentero, para qué mentir. A la media hora salen de ahí, con los preliminares hechos, y bien hechos. Se dirigían a la habitación, despacio, mientras las caricias les hacían tropezar vez sí, vez también. Caen la la cama vorazmente , sin dejar respiración empiezan a hacer de las suyas. Él se pone encima de ella, mirándole a los ojos, seductores y llenos de fuego. Los dos empapados y con unas ganas salvajes, lo hacían todo mágico. Empapados, así da más juego, y lo supieron aprovechar. Gritos y movimientos. Fuertes, para acabar en suaves. Caricias y besos, levemente dados. Acción y placer. Esos eran los dos factores claves. Mordiscos, y lametones recorrían sus cuerpos. Posicionados de alguna que otra postura desgarrante y placentera. Y así estuvieron un largo tiempo, hasta que sus cuerpos desnudos dijeron basta. Abatidos por una noche realmente pasional. Y ahí siguen, abrazados, cómo si de una pareja tratara. Compartirán más noches de sexo salvaje, y de intensas noches. Llegó la mañana, y con el sonido de los pájaros se levantan. Tapados por la sábana, permanecen inmóviles, jugando otra vez. Nunca se cansarán del placer de sentirse vivos.
4 oct 2011
Atención
Para los que lean el blog, que sois pocos, o más bien nadie, quería avisar de una cosa, así para que no os extrañéis de mi próxima entrada. Podréis pensar lo que queráis, pero lo que voy a escribir lo voy a hacer para cambiar, esta noche o mañana cómo muy tarde estará publicada. Y creo que veréis un lado bastante distinto en mí del que nunca habíais visto al escribir. Sólo avisar, para que la sorpresa sea mayor, y la curiosidad aumente. Estoy pirada por lo que voy a escribir, pero es lo que quiero.
3 oct 2011
2 oct 2011
Metáforas de la vida
Caen las hojas de aquel árbol. Ese árbol que está tan lleno de vida en primavera, pero que al llegar el otoño, muere lentamente, consumiéndose. Sus hojas, levemente balanceadas por el viento, mecen el cielo cual huracán. Cada hoja, una ilusión. Y así sucesivamente hasta que el triste árbol se quede sin ninguna. Esparcidas por el suelo, intentando resolver un puzle, del cual el árbol no fue capaz de resolver. Y ahí se queda, desnudo, sin nadie que le proteja de la destructiva madre naturaleza.
Sabe que en primavera será el mismo, o quizá no. El tiempo lo dirá. Tiempo...
Sabe que en primavera será el mismo, o quizá no. El tiempo lo dirá. Tiempo...
1 oct 2011
Asciende al mundo de la realidad...
Y ahí se encuentra, en la entrada del parque de atracciones, pagando su entrada para poder disfrutar de una velada de soledad y tristeza. Sube a todas las atracciones que no le dan miedo, y se deja su preferida para el final, la noria. Ella sola, siendo rodeada por cientos de personas, se pone los cascos para escuchar deliciosa música, analizándola de cabo a rabo. Parece que hay mucha cola, y ahí espera, pasando el tiempo mientras escucha su incomprendida música. Un día nublado entre otros, pero sin que amenace la lluvia, tan sólo unas pequeñas nubes grises, que por suerte, desprenderían chispitas de agua, nada más grande. Mira hacia arriba, contemplándola, a una maquina tan gigantesca y hermosa, dando lentas vueltas, observando y observando sus alrededores, intentando rasgar el cielo grisáceo. Unas cuantas cabinas, siendo sujetadas por barras de metal, dejándolas a la suerte del viento. Llegó su turno, mientras veía subir a parejas o a familias a las cabinas, ella subía sola, cómo siempre. No le daba ninguna envidia, simplemente le gustaba la soledad, para poder concentrarse en sí misma y lo que siempre pasaba a su alrededor. Le gusta soñar, soñar mientras contempla la vida pasar. Así, su vida es más fácil de llevar, o al menos, ella lo piensa así. Se sienta en la cabina, mientras la noria sube y sube lentamente. Le esperaba un buen tiempo allí dentro, era una noria gigantesca, con tonalidades verdes, y un aguamar bastante llamativo. Para la música, y el silencio acecha. Mira por la ventana de la cabina, a la gente, tan pequeña, que parecen motas de polvo, cómo las que hay en su mesita de noche. Deja de contemplar el suelo, y mira hacia arriba. Unas nubes grises, cómo su mente. Ya no sabe que quiere hacer con su vida, por dónde tirar, que escoger. Todos los días es lo mismo. Hasta que un día llegue y no aguante más, y de la rabia que tiene dentro, estalle. Sabe que será así, sola y sin nadie más que ella misma. Han pasado muchas cosas durante este tiempo, que aún no ha sabido canalizar. Se queda estancada, sin saber que pensar y cómo actuar. Se acaba su viaje en aquella noria. Y su estancia en el parque se termina, su atracción preferida siempre se la deja para el final. Coge su bici aparcada fuera y se va hacia su casa. Esperando algo que nunca conseguirá.
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